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30/03/2018

Viajes

Santiago de Compostela, un camino de fe

Por Florencia Rodriguez Petersen | Por deporte, turismo o fe, miles de personas recorren cada año las rutas jacobeas. El Camino Francés es el favorito, especialmente para quienes peregrinan por primera vez.

Peregrino, ¿Quién te llama?, dice un poema del sacerdote español Eugenio Garibay Baños en la entrada de Nájera, a unos 580 kilómetros de la Catedral de Santiago. Las palabras podrían pasar inadvertidas si no hubiera tres variables llamativas. La primera, tal vez la más universal, es que esa pregunta surge de un modo u otro un sinfín de veces a lo largo de cada jornada: ¿Por qué venís? ¿Qué estás haciendo acá? Pareciera ser una contraseña para el diálogo. Y las respuestas posibles son tantas como personas recorriendo a pie, en bicicleta o a caballo las rutas jacobeas. La segunda razón es el modo en que la poesía sintetiza algunos hitos turísticos: habla de las catedrales, la bravura navarra, los infinitos campos castellanos, el vino riojano, el palacio Gaudí y hasta los mariscos gallegos. El tercer motivo -que sólo toca a los argentinos- es que justo al lado hay pintada una bandera celeste y blanca.

En 2016 un 0,7 por ciento de los peregrinos registrados en Compostela eran argentinos.

Todavía son muchos -cerca del 50 por ciento de los caminantes- los que visitan la tumba del apóstol por motivos espirituales: una promesa, un pedido, el deseo de encontrarse con uno mismo o el placer de meditar con la vida a medida que transcurren los kilómetros son algunas razones que se escuchan en los pueblos de España. También hay quienes quieren probar su rendimiento deportivo: tanto entre los que van en bicicleta o a caballo como para los que optan por ir a pie, la alternativa que elige más del 90 por ciento de las personas que solicitan la compostela, el certificado que reciben quienes hayan hecho al menos 100 kilómetros caminando o el doble pedaleando o cabalgando. Incluso hay quienes no tienen para emprender camino más razón que la de conocer el norte de España (por allí pasa el camino Francés que es el más tradicional y uno de los predilectos ya que atraviesa poblados pintorescos y no implica un gran esfuerzo físico). De hecho, una gran mayoría de los peregrinos parte al amanecer de Saint Jean Pied de Port, un pequeño poblado en la cara francesa de los Pirineos, y cruza en la primera jornada la frontera para concluir la primera etapa en Roncesvalles (punto de partida para la mayoría de los españoles). Esa jornada es especial para los amantes del trekking ya que se recorren senderos de montaña para subir hasta el Collado Lepoeder (1450msnm) y luego se desciende unos 500 metros.

Los primeros peregrinos llegaban a Compostela para visitar los restos del apóstol Santiago, ubicados donde hoy está la catedral de la ciudad.

Para entonces, muchos tendrán en su “carnet de peregrino” al menos un par de sellos que den cuenta de que han pasado por tal o cuál lugar. Aunque el requisito es tener uno por día, muchos marcan su pasaporte en cada sitio en el que paran: bares, albergues, iglesias y hasta algunos monumentos tienen sus marcas. Incluso hay personalidades que tienen un sello con su nombre, como Pablo Sanz (también conocido como Pablito el de las varas) que vive en Azqueta y además de recibir con una sonrisa a quienes atraviesan el pueblo les ofrece bordones de madera que él mismo prepara para facilitar la caminata.

Un día, de repente -tras haber andado largo trecho y todavía con el horizonte lejos de la vista- los peregrinos descubren cómo estas credenciales tienen estampas cargadas de contenidos: en todas hay una historia, un silencio, un encuentro o un sitio que merece ser recordado. Y así, hasta los que menos creen en el poder transformador del camino y lo toman como una actividad más, empiezan a darse cuenta de que cada etapa -expresión que alude tanto al trayecto recorrido en el día como al lugar elegido para pasar la noche- tiene sentido y descubren que el camino es metáfora de la vida. Y, como en el día a día, a veces pareciera difícil saber por dónde ir, pero siempre aparece una señal. En muchas ciudades de Europa se ven conchas -típicas del mar gallego, las vieiras servían para que los peregrinos pudieran demostrar que habían llegado a la tumba del apóstol- que van marcando la ruta; y en España hay además flechas amarillas señalando la dirección. Este es uno de los signos más difundidos actualmente y es el más reciente: fue el sacerdote Elías Valiña (de O Cebreiro, Galicia) quien en los ‘80 se dio cuenta de que muchos se perdían en el recorrido o evitaban ponerse en camino por temor a extraviarse y por eso decidió señalizar los principales senderos. Recorrió el camino francés, desde Roncesvalles hasta Compostela, pintando flechas con una pintura que le habían donado.

“El viaje es metáfora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago.” Benedicto XVI

También hay otras semejanzas con el transcurrir cotidiano: el cansancio que obliga a frenar la marcha, la importancia de ir al propio ritmo, la alegría de compartir con otros (es tan intenso lo que se vive durante el recorrido que apenas cruzar unas palabras alcanza para entenderse), la riqueza de los ratos de soledad, la sorpresa ante paisajes o encuentros inesperados… Y hasta los detalles más simples -como conseguir una buena ubicación en el albergue (si bien hay hoteles y casas de campo a lo largo de la ruta, lo más común es alojarse en albergues públicos o privados que pueden tener habitaciones con 4 o 20 camas, por ejemplo), tener la ropa limpia o encontrar un río donde refrescarse al atardecer- se convierten en regalos que llenan el alma. Es que, como dijo Benedicto XVI, “el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos”. <

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