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08/07/2018

Benjamín Alfonso: “Si me la creo, pierdo”

Por Pablo SteinmannlJura que de chico estuvo lejos de ser el “lindo de la clase” y que le llevó años reconciliarse con la etiqueta de galán. Hoy hace de un príncipe azul en Rapunzel y en esta nota nos muestra su costado más espiritual y misterioso.

Podría ser ingeniero industrial, como su padre, pero hace rato que los encantos del arte se interpusieron en su camino. Hoy Benjamín Alfonso actúa, escribe guiones y, sobre todo, sueña. “Me encanta pensar en grande, creo que eso fue lo que me trajo hasta acá”, asegura mientras acomoda su vestuario en el camarín del Teatro Metro, donde interpreta al príncipe de Rapunzel, el musical para toda la familia sobre el famoso cuento de los hermanos Grimm.  “Si hay algo que me gusta en esta vida es aprender. Soy un fanático de esa idea y en esta obra lo hago sin parar. Porque tuve que tomar clases de canto y de baile y porque estoy acompañado de grosos del género como Marisol y Florencia Otero, Anita Martínez, Nacho Pérez Cortez… Estoy fascinado”, concluye.

-En principio tu papel iba a ser interpretado por Mariano Martínez, ¿te molesta haber llegado en segundo lugar?
-No, para nada. Podés verlo así, que antes querían a otro, o al revés, que ahora te eligieron a vos. Yo prefiero estar en ese segundo grupo, sin dudas. Siempre podés encarar la vida desde la carencia o desde la abundancia, desde lo oscuro o desde lo luminoso… Lo pienso también desde un nivel energético: el amor y el miedo vibran en nuestro organismo de la misma manera. Está en uno elegir con qué quedarse.

¿De dónde proviene esa mirada de la vida? ¿Alguna terapia alternativa quizá?
-Hace años que me vengo formando en lo espiritual. Hice de todo, terapia tradicional, constelaciones, tomé ayahuasca… En definitiva esa búsqueda fue la que me llevó a la actuación, cuando uno de mis primer terapeutas me dijo: “te vendría bien un taller de teatro…”. Hoy hago counselling con Virginia, mi terapeuta hace ya ocho años.

-¿Cómo fue esa experiencia de tomar ayahuasca?
-Increíble. Lo que hace esa sustancia es sacar lo que uno tiene muy adentro. Te da respuestas que ni te imaginás. Mi viaje por suerte fue genial, lleno de revelaciones.  Me iluminó sobre todo lo que uno puede hacer para ayudar al otro con muy poco. A partir de esa experiencia, de hecho, me sumé a la ONG Un Día para Dar, que multiplican a nivel global esta idea de hacer mucho con poco.

“Mi novia es modelo pero de muy bajo perfil por lo que prefiero preservarla de la exposición”.

-Vos te criaste en San Isidro, en un  ambiente algo más conservador,  ¿verdad?
-Sí, mi familia es súper conservadora y religiosa. Cuando les dije a mis padres que quería ser actor fue como que detoné una pequeña bomba en casa. Ya me consideraban un rebelde por haber cambiado la carrera de Ingeniería por la de Diseño Industrial, imaginate… (ríe). Sin embargo, muy de a poco, fueron entendiendo que de verdad necesitaba este camino. Ellos  estaban convencidos de que me iba a morir de hambre en la calle. O que volvería a pedirles de todo. Pero no. Y a la distancia creo que me hizo muy bien sentir que era yo contra el mundo. Me dio seguridad, ganas de hacer de todo.

-¿En cuánto ayudó tu pinta?
-Yo creo que está ayudando recién ahora. Para empezar, de chico nunca fui muy llamativo, estaba lejísimos de ser el lindo de la clase. Cero winner. Lo mío era el esfuerzo, el trabajo… Escribía cartitas de amor que ni me contestaban (sonríe). Ya más de grande empecé a trabajar como modelo publicitario pero tampoco fue una etapa feliz, me sentía incompleto si me valoraban sólo el aspecto físico. Con el tiempo me amigué con esa idea y hoy no reniego de lo que soy para nada. Pero sé que si me la creo, pierdo. Lo de galán es sólo  una herramienta más que hoy me permite, por ejemplo, hacer de príncipe azul en Rapunzel. Aunque a su vez mi personaje es medio un chanta, un loco lindo que va siempre por lo suyo.

-¿Cuanto tenés vos de chanta?
-De chanta creo que no demasiado, ya que suelo ser muy transparente. Pero sí me identifico con él en que siempre consigo lo que quiero. Por insistencia, por terquedad, no lo sé, pero para mí no existen los imposibles. Si te proponés algo, y todos los días hacés un poquito para conseguirlo, tarde o temprano ese sueño llegará. Realmente lo siento así. ¿Te acordás de Los Simuladores y su máxima: “una manera tiene que haber”? Bueno, ese es el lema de mi vida. Y lo llevo con total humildad y sin que se me caigan los anillos con nada. Así fueron apareciendo las oportunidades. Hoy, de hecho, necesitaría clonarme para poder cumplir con todo lo que me gustaría hacer.

-Y en el medio de tanto trabajo (también formás parte de los unitario Rizhoma Hotel, por Telefé y Encerrados, por Netflix), te pusiste de novio…
-Sí, estoy muy  contento. Ella es modelo pero de muy bajo perfil por lo que prefiero preservarla de la exposición. Tiene un costado artístico muy desarrollado que me encanta.

-Sólo trascendió que es bastante más chica que vos…
-Es cierto, tiene 22 años y yo 34… Pero bueno, mi papá le lleva quince años a mi mamá, comparado a eso, no es nada. La verdad es que estamos re bien, nos entendemos y apoyamos mutuamente. Para la convivencia falta, estamos a full disfrutando esta etapa.

-Estás en tu mejor momento…
-El otro día se lo dije a un amigo, “no puedo ser más feliz”. Y ojo, no es porque tengo todo lo que se supone que hay que tener. No. Es porque disfruto realmente de lo que tengo, que hoy quizá es mucho pero mañana tal vez sea menos. O diferente. Lo importante es que aprendí a vivirlo así, con total aceptación y alegría.

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