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13/03/2018

Lujo de vanguardia con telares del siglo XIX

Por Florencia Rodríguez Petersen | Recuperar oficios, incorporar materias primas autóctonas y apostar a largo plazo son pilares de de Ayma, una compañía que produce paños con telares del siglo XIX.

“¡Bienvenidos al siglo XIX!”, dice Carlos Carro con una sonrisa que denota orgullo y pasión, al tiempo que da cuenta del espíritu descontracturado y naturalmente alegre de Casa Ayma. Allí, en pleno corazón de Palermo, rodeado de tiendas de diseño de vanguardia, cervecerías y showrooms de diseñadores se encuentra el taller de Ayma -palabra de origen quechua que se traduce como procesión o peregrinar- equipado con telares originales del siglo XIX. “Hicimos un trabajo de restauración de antiguas tejedurías de Buenos Aires. En la generación del ‘80 los inmigrantes traían sus telares históricos familiares a Argentina por lo que muchas de estas máquinas ya eran antiguas cuando los instalaban acá”, cuenta Carro, el neuquino formado en economía y finanzas que hace unos quince años -y casi sin darse cuenta- comenzó a tejer con Laura Basile este proyecto.

Ayma  es una palabra de origen quechua que se traduce como procesión o peregrinar.

La firma produce paños de tela, ruanas, ponchos, prendas de sastrería, accesorios (entre los que se destacan las corbatas de barracán) y objetos de decoración que vende principalmente en el mercado extranjero. Él es un coleccionista peculiar: busca piezas antiguas, pero no para conservarlas y exhibirlas de modo estático sino para ponerlas en funcionamiento y, como él mismo dice, “devolverles la vida”. Sabe la historia de cada uno de los telares que hay distribuidas en los tres pisos de la casona con oficinas, taller, showroom, un jardín escondido y un pequeño galpón que sirve para la puesta a punto de nuevos telares. Allí hay una máquina Jacquard -una de las más antiguas en su tipo ya que data de 1830 y fue creada originalmente en 1801- que está siendo restaurada para empezar o, mejor dicho, volver a tejer. “Tiene un solo pedal y trabaja con tarjetas perforadas, por lo que permite patrones súper elaborados”, explica Carlos quien los últimos dos años investigó el funcionamiento de esta joya -así la nombra- a la que espera poner en funcionamiento muy pronto.

Aunque Laura es diseñadora -“su pasión es el diseño de telas”, confiesa Carlos- los creadores de Ayma creen que entraron a esta industria por la ventana. No se preocupan por decirlo, pero todo deja al descubierto cuánto respetan y valoran la sabiduría de los artesanos. De hecho, los llaman maestros y a ellos recurrieron hace quince años cuando esto empezó a gestarse con la idea de vender artesanías de tela, madera y metal. Siguen trabajando con algunos de ellos, como el orfebre Aníbal Álvarez responsable de la botonería que hacen con maderas patagónicas y de los tejidos en metal que dan la nota en accesorios como cinturones o carteras. Es que el proyecto no se trata simplemente de usar máquinas antiguas sino de sumar valor.

“Hicimos una búsqueda de materias primas de diferentes regiones del país, convocamos a maestros artesanos y les enseñamos el oficio a chicos jóvenes”

“Sabíamos que en Buenos Aires existía este tipo de máquinas, decidimos adquirirlas, ponerlas en funcionamiento y rescatar toda una tradición de oficios. Al mismo tiempo hicimos una búsqueda de materias primas de diferentes regiones del país, convocamos a maestros artesanos y les enseñamos el oficio a chicos jóvenes. Acá convive todo eso”, cuenta Carlos quien no duda en afirmar: “Hacemos telas como se hacían hace doscientos años. No encontramos en América latina telares más antiguos que estos que estén en funcionamiento, fuera de museos. Son objetos que narran historias: los armaban teniendo en cuenta cada detalle práctico y ornamental, los talleristas les escribían sus nombres y estos también es parte de la historia que cuentan estos objetos”.

Durante los últimos 15 años -en paralelo a su trabajo en Havanna, primero como Gerente Financiero y luego a cargo de la expansión de negocios en el extranjero- aprendió todo lo relacionado con el métier y se sentó delante de los telares para tejer. “Soy un gran tejedor para formar todo esto: Ayma es un tejido de ideas y personas. En eso soy bueno. Ahora, me ponés en un telar y sé que los chicos lo hacen mucho mejor que yo”, ríe convencido de ambas premisas mientras admira su rincón predilecto: una pared llena de pequeños cajones y frascos, rodeada por estantes con libros de perfumería del siglo XIX. Hace unos años redescubrió su amor por los olores. “Cuando era chico, en Zapala, salía a sentir los aromas después de la lluvia”, recuerda antes de revelar que en los últimos cinco años tomó cursos de perfumería acá y en Francia, investigó cómo destilar aceites naturales, compró alambiques para experimentar y creó la fragancia que se respira en el local de Palermo. “Es un proyecto para cien años. No podría hacerlo si no lo pensara para siempre. Es una concepción a largo plazo y eso implica disfrutar del recorrido”, remata.

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