Ni todas las sambas escritas en y para Rio de Janeiro alcanzan a contar lo que se ve desde los morros que se yerguen en la Bahía de Guanabara. Como la mayor ciudad costera de Brasil, desde Barra da Tijuca hasta el extremo norte, la playa es el paisaje que copa casi toda su geografía y, al mismo tiempo, es apenas el marco de una ciudad que tiene oleaje tierra adentro en su tradición de baile, carnaval y gastronomía, pero que muestra una cara renovada en la zona portuaria. Rio explota en propuestas culturales para conocer a fondo un legado afrodescendiente y un pasado de colonia europea que se manifiesta en su gastronomía y demuestra su identidad propia en espacios de innovación que miran al futuro.
Desde el jardín
Debe ser una de las características más curiosas de Rio de Janeiro el combinar la modernización de la urbe con la selva nativa plena. Como capital -no política pero sí del turismo- puede jactarse de contener un Parque Nacional dentro de sus límites, una enorme laguna, montañas y una bahía. El espacio que mejor conjuga las justas dosis de cemento y naturaleza en la ciudad es el Jardín Botánico, montado sobre la costa de la Lagoa Rodrigo de Freitas y tiene unas 144 hectáreas de flora exuberante presentada con la prolijidad de una cancha de golf. Sus senderos permiten pasear entre las más de 10.000 especies de flora conservadas, las pequeñas lagunas sobre las que flotan ejemplares de Victoria amazónica y caminar debajo de monitos que se mueven entre las copas de los árboles y que ya son identificados por quienes trabajan en el mantenimiento del espacio verde: todos son debidamente saludados por su nombre.









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