A Lorenzo, como a otros tantos hijos de famosos, le dicen Toto desde muy chico. Lorenzo “Toto” Ferro, un apellido que enseguida remite a su papá, el actor Rafael, “Rafa”, Ferro, de quien heredó varios de sus singulares rasgos y una personalidad muy seductora, que mezcla carisma, desfachatez y barrio. A esa lista de aptitudes compartidas podría agregársele el descubrimiento tardío de su vocación. O mejor dicho, tardío a medias, ya que apenas tiene 19 años y aunque debió atravesar varias tormentas de indecisión (“¿viste cuándo todos tus compañeros de colegio se anotan en carreras re pensadas y vos no tenés la más remota idea de qué hacer?”, recuerda), hoy tiene bien claro qué es lo que quiere para su vida: actuar. Y por suerte para él, la verdad es que lo hace muy bien. Su manera de descubrirlo, es cierto, fue bastante atípica y repentina. Y encima, con un papel hecho casi a su medida. No sólo por el tremendo parecido físico que tiene con Carlos Robledo Puch, el célebre asesino serial que interpreta en la nueva opus de Luis Ortega, sino porque su natural desparpajo fue la llave para acceder a él. “Lo que más me destacó Luis en el primer casting fue eso, la naturalidad con la que me movía y decía los diálogos, lo orgánico que parecía todo”.
-¿Y apenas te vio actuar -algo que hacías prácticamente por primera vez- te dijo que el papel era tuyo?
-No, hicimos varias pruebas más y en la última me citó en su casa donde me habló un montón de la película y me dijo: “ahora tenemos que ir para adelante con todo y lograr convencer a los productores”. Y así fue. En algún punto me hace pensar que el amor (en este caso que le pusimos a cada diálogo y escena) siempre vuelve.
“Me crié con mucha libertad y aunque me pasé de la raya muchas veces, creo que en general me hizo bien no depender de mis padres para saber qué está bien y qué está mal”.
-Todos hablan de tu parecido con Robledo Puch. ¿A vos qué te pasa con él?, ¿lograste identificarte con algún aspecto de ese hombre?
-Sí, con su picardía. Sobre todo en su etapa escolar, que un poco me hace acordar a la mía. Esa sensación de que sos el protagonista de tu vida y de que sólo se vive una vez me resulta muy familiar.
-¿Cuánto tiempo te llevó la preparación del personaje?
-Sólo ensayando, estuve casi cinco meses. Además en ese tiempo tuve que aprender a tocar el piano y a manejar. No tenía registro y en la peli me toca manejar auto y moto. Y también hice un par de clases de Parkour para las escenas en las que trepo paredes. La verdad es que fue una rutina muy intensa y larga, ahora la extraño un poco… (sonríe).
-¿Tus padres que decían durante ese proceso?
-Curioseaban un poquito pero en general no se metieron demasiado. Recuerdo que mi mamá se asustó un toque cuando le conté que iba a manejar una moto. En realidad se asustó cuando le dije que quería tener una.
-¿Y? ¿La conseguiste?
-No. Por ahora sólo uso el auto de mi viejo. Hace poquito, de hecho, se lo choqué. Eran las cuatro de la mañana y estaba muy cansado -¡no borracho, eh!-, no calculé bien y le pegué de costado a una Trafic. Lo peor es que era el Día del Padre. Así que volví a casa y ahí nomás me puse escribirle una carta a mi viejo: “Pá, feliz día y perdón por hacerte el peor regalo del mundo: choqué el auto. No me mates, te dejo todos mis ahorros para el arreglo”. ¿Ves? Esa picardía es medio de Carlitos.
-En general son muy relajados tus padres, ¿verdad?
-Sí. Mucho. Me acuerdo que en el colegio no entendía cuando algún amigo me decía: “hoy no puedo salir, me castigaron mis viejos”. “Eh! ¿Qué es eso?”, le preguntaba yo… (ríe) .








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